"Eramos felices y no lo sabíamos" (…)

Marzo toca a su fin. 15 días desde que decretó el Estado de Alarma. 15 días encerrados en casa. 15 días formando parte de la historia, una crisis sanitaria y económica tras la que nada parece que será como antes.

Parece que han pasado años del pasado mes de febrero, donde nos hinchamos a actividades en el eterno anticiclón que tuvimos: Directa del Fraga al Curavacas, Pombie-Suzón al Midi, Maribel a Telera, Segundo muro de Gavarnie y Norte del Bisaurin. Todo concentradito en poco más de mes y medio. Recuerdos en tiempos de confinamiento... Y es que de recuerdos va esta entrada. En general es cuando estás jodido que te da por recordar. En la cresta de la ola no piensas en el pasado, sino en el futuro. Estás on fire y todo son retos y planes nuevos, pero ahora … nos da por echar la mirada atrás. Y del pasado va esta entrada. De lo vivido, de toda esa mochila de grandes momentos, tensos algunos, sufridos, otros, disfutados, sufridos... 

Por mi parte son ya unos añitos desde que me dio por esta droga. Siempre me ha gustado el monte, aunque en sus inicios no pasase de "acampedos" y recorrer kilómetros de pistas forestales con las converse "All-Star" y el saco de dormir en una bolsa de plástico. Quiero creer que todo bosque empieza por una pequeña semilla...

Converse all-star y kilometros de ilusión...
No obstante el primer chispazo heavy no me llegaría hasta allá por el 2010. Después de unos meses sin cagar con la bicicleta para arriba y para abajo, todavía recuerdo aquella conversación con mi amigo Paco "oye, la montaña también es aventura. Y si nos subimos algún día a Peñalara"? Y lo que empezó con aquella mítica noche calados en el Chozo Aranguez, a los pies de la cara norte de Peñalara, con Paco y Yannick, ya sería un no parar en la búsqueda de la aventura, el riesgo y lo desconocido.


Los inicios....
Con el primer piolet, los primeros crampones... llegarían las primeras incursiones invernales a la Sierra de Guadarrama, con Peñalara como nuestro Everest más cercano, nuestro Cervino, Piz Badile, Eigger… a veces no necesitamos ir mucho más lejos para cumplir nuestros sueños. Aunque inevitablemente, a medida que íbamos progresando se nos iban abriendo horizontes impensables tiempo atrás, como aquel enero de 2011. Garmo Negro. Primer tresmil…. Saliendo en autobús de Madrid de madrugada, con el Grupo de Montaña del CSIC. Tal era la emoción que no pude dormir en toda la noche. Recuerdo con total claridad cada momento de aquella ascensión como si fuese ayer: la llegada a los baños de Panticosa, lugar que por aquel entonces hubiese situado en el mapa con la misma exactitud con la que situaría ahora mismo cualquier valle perdido del Nepal, la majestuosidad de la montaña irguiéndose verticalmente sobre el Refugio de Casa de Piedra, la penosa aproximación, abriendo huella por turnos con una nieve que nos cubría hasta las rodillas (condiciones impensables para la práctica de la actividad con la mentalidad y tipo de actividades que realizamos hoy en día), y la llegada a la cumbre, la arista cimera... recuerdos imborrables, grabados en la retina. Una ascensión que hoy en día, con una dificultad de PD/PD- podría ser desde un bonito paseo hasta una actividad de entrenamiento en función de la actitud planteada ante la ascensión, en aquel entonces lo viví como uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Me viene hoy a la mente aquella frase con la que termina Maurice Herzog su narración acerca de la primera ascensión al Anapurna por una expedición francesa allá por los años 50: "Hay muchos Anapurnas en la vida de los hombres". Para mi el Garmo negro en aquel invierno de 2011 fue mi Anapurna particular.

Garmo Negro. Primer tresmil

Vendrían más momentos inolvidables durante aquel primer año de montañismo invernal. Entre ellos la ascensión al Monte Perdido, segundo tresmil en la lista y probablemente uno de los mejores recuerdos que tengo de mi experiencia en las montañas: desde la planificación de la actividad (aquellas noches engorilados dándole vueltas a mapas y mapas), la larga aproximación, el misticismo de su cumbre, los sudores fríos antes de afrontar su mítica escupidera y sobre todo la compañía, los amigos de toda la vida (luego cada uno seguiría su camino, pero por aquel entonces empezamos juntos en esto) tenía todos los ingredientes para una gran aventura y no defraudó. En esa aventura fue donde descubrí lo que más adelante fui ratificando, que la cumbre es secundario y que lo que verdaderamente importa es el camino para ascender a ella. Ya sea por la compañía, por la dificultad y el compromiso de la vía elegida, o por muchas otras circunstancias. Como diría aquel gran alpinista que perdería trágicamente la vida por aquellos tiempos: "¿La cima? Si, es la guinda del pastel ¿Que me la como? Bien ¿Si no? Oye, me he comido todo el pastel..."


Tras estas primeras aventurillas experimenté mis primeros achaques. Una Condromalacia rotuliana de grado II me dejó fuera de combate el resto de la temporada, y entre los miedos e incertidumbres propios de las lesiones, fue llegando de nuevo otro invierno... En el 2012, poco a poco recuperado de mi lesión, descubrimos Gredos a lo grande ascendiendo el Almanzor con unas típicas condiciones "recias castellanas": nieve helada y bastante mixto. Fue "una pequeña conquista" inolvidable, pues ya empezábamos a usar en el medio real aquellas técnicas de progresión y seguridad con material invernal que habíamos empezado a practicar el invierno pasado con algún grupo de montaña, o por nuestra cuenta sintiéndonos grandes aventureros haciendo autodetenciones en alguna campa de la Sierra de Guadarrama, rapeles en algún rocacho de Cabezas de Hierro, o practicando aseguramiento dinámico por la zona de Claveles.

Aquel año también sería el primero en experimentar las típicas dosis de realidad que te enseña la montaña ("fracasos", si queremos llamarlo así...). Hoy en día sería impensable planificar cualquier actividad mínimamente técnica a dos meses vista, sin saber nada acerca de las predicciones, condiciones de la nieve, etc. Pero cosas de la ilusión y la inexperiencia, allí estábamos el por aquel entonces trío mongólico partiendo de Madrid rumbo al Aneto tras una de las mayores nevadas de la temporada. No recuerdo bien la cantidad de horas que echamos desde los Llanos del Hospital hasta La Renclusa, hundiéndonos hasta las rodillas. Eso si, abriendo huella como buenos jabalíes. Dudo mucho que hoy en día pudiese repetir semejante salvajada para mis rodillas. Nunca se me olvidará la cara de guarda cuando llegamos y nos preguntó: "¿Pero donde pretendéis ir así? - Al Aneto" respondimos casi al unísono…

Paco entrenando para la secuela de "Amanece que no es poco"

Por aquel entonces la escalada seguía siendo algo desconocido para nosotros. Así mismo la idea de entrenar, o esforzarse en lugares cercanos a casa para poder progresar en otros escenarios más ambiciosos no comulgaba con nosotros. La montaña era principio y fin de nuestras actividades. Disfrutábamos de esa sensación de aventura y libertad. Punto. No necesitábamos más.

Ya recuperado de la Condromalacia, el verano pasó con alguna que otra actividad montañera, más de disfrute que de aventura (Perdiguero, Picos de Europa, travesía por Aigües Tortes…) pero no por ello menos disfrutona.

Si el 2011 y 2012 fueron los inicios del alpinismo invernal, el 2013 el año de los primeros pinitos en la Roca. Y de nuevo, fueron unos inicios inolvidables, con actividades que aún a día de hoy recuerdo como grandes aventuras. A decir verdad hasta bien entrada la primavera de aquel año, nunca habían mostrado especial interés por la escalada. Es más, casi la despreciaba.... La imagen de fornidos atletas apretando en paredes de no más de 30 metros no me atraía lo más mínimo, y las imágenes de escaladores en grandes paredes era algo tan lejano e incomprehensible para mi que tampoco me llegaba. "A mi me gusta el alpinismo y la montaña, la escalada no me dice nada", solía repetir... Es curioso pues a día de hoy veo esas tres actividades como estrechamente ligadas.

El caso es que tras una soleada mañana practicando top rope en algún 4º de una escuela del norte de Madrid, me dio el chispazo de llevar las aventuras que hasta ahora habíamos llevado a cabo en invierno, al terreno estival. Un cursito de escalada clásica y autoprotección en la Cabrera y en Septiembre ya estaba cabalgando por una de las aristas del pirineo con destino al malogrado Aneto que un año antes se nos había resistido. Pero otra vez más se nos volvería a resistir: la amenaza de tormenta nos hizo abandonar a mitad de vía tras dos rápeles de fortuna, con enganchón de cuerda incluido: trepadas, destrepadas, vivacs, aseguramiento de fortuna... no hicimos cumbre pero disfrutamos de tal manera la aventura que un mes después, aprovechando el que sería el último fin de semana del verano, volvimos a la montaña. Esta vez a los Picos de Europa para ascender al Naranjo de Bulnes. Sería nuestra primera escalada "de verdad" a una gran montaña... Y aún la recuerdo como tal. Objetivamente no estábamos preparados: no sabíamos escalar, no hacíamos deportiva, los pasos de IV+ de la vía suponían nuestro límite, y cualquier embarque en los más 300 metros de vía totalmente desequipada podían suponer un grave problema. Pero disfrutamos cada paso, cada encuentro en cada reunión. Lo recuerdo como la consecución de un gran sueño y una gran actividad de compañerismo y unidad. Aún así, y tal vez conscientes que semejantes "gestas" requieren de algo más de preparación, tuvieron que pasar todavía algún año para que volviésemos a la roca a escalar grandes paredes totalmente desequipadas.

El Urriellu, primera "Gran Clásica"



Los siguientes años siguientes sucediéndose invernales descubriendo prácticamente todos los macizos montañeros de España, cada vez con más pedigrí: la norte Clásica del Almanzor y la FX Rabat al Risco de las Hoyuelas en Gredos, La Gran Diagonal al Curavacas en la Montaña Palentina, la Superdirecta de la Alcazaba en Sierra Nevada, y multitud de actividades en Pirineos (Gran Diagonal a Telera, Seracs al Petit Vignemale, Corredor de los franceses al Anayet, Norte del Taillón….). En todas ellas vivimos grandes momentos y fuimos curtiéndonos poco a poco. Una mención especial debe llevarse aquella ascensión  a la Norte del Taillón con Carra, con quien ya había realizado un buen número de actividades y se iría poco a poco consolidando como mi principal compañero de aventuras. Tras solventar prácticamente toda la escalada sin mayor incidencia, un absurdo embarque cuando ya quedaba lo más fácil nos hizo pasar uno de los momentos más tensos que había experimentado hasta la fecha. Tuvimos que hacer 5 largos para solventar un tramo de unos 100 metros de desnivel, con una travesía final, dudosamente protegida, que sabe Dios el grado en mixto que se le podría dar... Aquella noche, bajo las mantas del refugio de Sarradets donde hicimos una "noche de emergencia" tras llegar pasado media noche, fui consciente del riesgo real que corrimos en esta actividad. Todo salió bien pero desde aquel entonces entendí la necesidad de preparar las actividades con mayo detalle.

Gredos...

Montaña Palentina...

Sierra Nevada...

Cordada paquete en acción: cumbre del Petit Vignemale, tras una dura jornada 

Norte del Taillón: embarques con final....

… feliz
El verano del 2015 supuso mi primer viaje a Los Alpes. Desde que ascendí a mi primera cumbre, había una montaña que representaba el summum del alpinismo: el Cervino. Poder ascender aquella mítica cumbre, que formaba parte de mi imaginario desde mi más tierna infancia (nunca me habría cansado de verla en los toblerones, las cajas de lápices "alpino",...) era algo más que un sueño. Durante tiempo tan solo era una fantasía, pues estaba a años luz de mi experiencia como montañero. Sin embargo, aquel año el sueño empezó a tomar forma... Había tanteado a varios posibles compañeros, pero sería con mi amigo Juan Carlos con quien haríamos el intento aquel año. A pesar de su escasa preparación física, su experiencia y veteranía, unidas con la ilusión de ambos, nos embarcó en aquella aventura que aún recuerdo como una de las experiencias inolvidables que he vivido en la montaña. Tras una actividad en primavera ascendido al Neouvielle por la arista de los 3 consejeros, decidimos que estábamos preparados para intentar el Cervino por la Arista del Lion, aunque finalmente la vía elegida sería la Arista Hörnli: el mismo día antes de la escalada decidimos que la vía no estaría en condiciones, con lo que la única opción viable era hacerla por la vía normal suiza. El único problema es que solo nos quedaban 3 días para volver a España, y el viaje a Zermatt desde Cervinia nos quitaría un día entero de coche. El plan sería pues el siguiente: dormiríamos en un hotel en Cervinia, al día siguiente madrugaríamos para llegar con el primer teleférico al Collado de Teodulos, de ahí descender hasta la estación intermedia del teleférico Breithorn - Zermatt, iniciar la aproximación al refugio Hörnli, y escalar la arista hasta el refugio de emergencia Solvay, a 4.000 metros, donde haríamos noche y al día siguiente haríamos el ataque a cumbre. Y así fue como lo hicimos... con la salvedad de que la llegada a Solvay no culminó sino hasta media noche, tras escalar varias horas de noche, con suerte con un cielo despejado y una Luna llena que sin ella sabe Dios si habríamos llegado al refugio o hubiésemos picado vivac. Al día siguiente, con la tensión acumulada, el cansancio y la expectativa de que aún nos quedaba lo más difícil de la escalada, nos hizo abandonar. A día de hoy, a nadie en su sano juicio se le ocurriría semejante planificación: empezar a escalar a las 3 de la tarde, cuando todo el mundo sale a las 4 de la mañana... habiendo dormida dicha noche en otro país. Escalar con el peso de todo el equipo de vivac (saco, comida, hornillo....) y toda la vía con crampones, debido a la intensa nevada de los días anteriores, cuando lo normal es escalarla con botas y en terreno seco. No hicimos cumbre, y en cierto sentido, si: fue una locura. Pero fue una aventura que siempre recordaré como un ejemplo de camaradería y trabajo en equipo. Hoy en día Juan Carlos y yo ya no escalamos juntos, cada uno hemos tomado caminos distintos, pero aquella aventura marcó una amistad de por vida.

El Cervino, camino de un sueño



Llegando a Solvay, en la "Placa Moseley" inferior


Tras aquel intento fallido al Cervino, y las escaladas de la Arista de Llosás y del Urriellu el año anterior, el 2016 supuso el año del "aterrizaje" en la escalada alpina en roca. En 2015 me mudé a La Rioja. Aquello supuso alejarme de muchos compañeros con los que había empezado en esto en Madrid, pero también la oportunidad de conocer a otra gente con la que experimentar y seguir aprendiendo en la montaña. Empecé a escalar con cierta continuidad en roca, e incluso con disciplina empecé a entrenar de manera más o menos frecuente en rocódromo. Pronto se empezaron a ver los primeros resultados en la roca. En junio de aquel año Juan Carlos y yo volvimos a cabalgar aristas juntos, esta vez la Salenques-Tempestades al Aneto, aunque por tercera vez el Aneto se resistió. Debimos abandonar al finalizar la Salenques.

Salenques - Tempestades al Aneto

No obstante aquel año si nos dejó dos buenos triunfos. A pesar de la mudanza a La Rioja, la "Cordada Paquete" con Carra siguió fortaleciéndose. La ilusión puede con cualquier distancia, y después de varios años escalando juntos en terreno invernal, empezamos a aprovechar el nivel de compenetración y compañerismo en la roca. En junio cayó el Torreón de los Galayos en Gredos, una corta de vía de 250 metros, relativamente cerca de casa pero que me supo como si hubiésemos escalado el mismo Piz Badile. Un granito espectacular, plagado de fisuras perfectas donde proteger a placer, y en un ambientazo alpino digno de las mejores escaladas.... Dos meses después volvimos al Naranjo, esta vez más preparados. De coche a coche, en el día, algo impensable años atrás, escalamos la Pidal-Cainejo, la mítica vía por donde Gregorio Pidal y "el Cainejo" ascendieron por primera vez cien años atrás a esta impresionante cumbre.

Torreón de los Galayos



Vuelta al Urriellu 3 años después

Haciendo el ganso en la cumbre del Urriellu
Aquel otoño volveríamos a La Roca, dos veces a la arista de los Muerciélagos al Aspe, y una a Peña Rueba. Escaladas otoñales, aprovechando los últimos coletazos de buen tiempo en unos casos, huyendo a zonas más cálidas y buscando orientaciones favorables en otros, o bien lidiando con las inclemencias del incipiento invierno en alta montaña... Preludio de la buena temporada invernal que vendría.

Las primeras nieves otoñales en el pirineo. Arista de los Murciélagos
Si bien en el 2016 empezamos a escalar en hielo propiamente dicho, sería en 2017 cuando notaríamos lograríamos cierta continuidad. Empezamos a aprovechar los fríos meses de borrascas y condiciones inciertas para la práctica de alpinismo y corredores para curtirnos en hielo deportivo: Muchos fueron los días sueltos de fin de semana, en las que tuve que hacer encaje de bolillos compaginando mis recientes responsabilidades como Padre los domingos, con escapadas los sábados a Canal Roya, Neila o incluso Bielsa. Días en los que probablemente pases más tiempo de coche que haciendo actividad, pero que como dice el dicho, "sarna con gusto no pica".

Hielo deportivo en la Boca Norte del túnel de Bielsa: "La Dorada"
En febrero de 2017, aprovechando unas semanas de anticiclón volveríamos Carra y yo al Taillón para un primer asedio a la cara oeste por la "Goulotte Quintana", en una de esas actividades de varias jornadas, con vivac en tienda de campaña, que le dan un toque especial frente al alpinismo express de "coche a coche" que por logística y ausencia de tiempo impera en estos tiempos. Un mes después volveríamos Carra y yo de nuevo a Peña Telera, donde años antes se "fundó" la cordada paquete, para subir algo de grado y hacerse con el corredor María José Aller, con un último muro que recuerdo como uno de los largos más expuestos, y una llegada a cumbre justo cuando se iniciaba la tormenta, con una bajada contra reloj bastante tensa.... Pero sin lugar a dudas la actividad estrella de la temporada sería el "Corredor Leandor Arbeloa" a la Peña del Forato realizado en semana santa, esta vez con otro compañero de cordada mucho más experimentado. Una actividad en la que aún yendo de "paquete" tuve que dar lo máximo de mí en los casi mil metros de escalada, con dificultades de MD+, travesías expuestas, largos sin protección, roca de dudosa calidad, trazado poco evidente... aunque eso si, una actividad 5 estrellas allá donde las haya en uno de los lugares más recónditos del Pirineo Aragonés. Daríamos por finalizada la temporada, de nuevo la "Cordada Paquete", con el Petit Pic du Midi D´Ossau, con un piolet cada uno, después de dejarme mis herramientas en Logroño tras haber convencido a mi compañero a recorrer los casi 1.000 km de Cáceres al Pirineo para quedarnos a punto de volvernos a casa por culpa de mi despiste.

Taillón, Goulotte Quintana


Leando Arbeloa al Forato
Petit Pic d´Ossau
Collado de Bujaruelo: Hotel *****

Los triunfos, como mejor saben...
El verano del 17 nos traería otra prolífica temporada: la arista de las Catedrales, alpinismo castellano en compañía de viejos amigos como toma de contacto con la temporada estival; volveríamos al Urriellu por tercera vez, a por la vía "amable" que nos quedaba: La Cepeda, preciosa línea por su cara Este. Esta vez en cordada de tres con Carra y Ángel, otro compañero con quien grandes aventuras estaban por llegar. La noche de vivac en Vega Urriellu, la calurosa escalada a pleno sol, los momentos de aseguramiento en la reunión, acompañados de un tercer compañero que te hacía la espera menos tensa, y la mítica llegada a Cumbre, inolvidable cumbre que cada vez que se alcanza te trae los recuerdos de las grandes aventuras... La arista noroccidental al Balaitous, preciosa vía de alta montaña y como colofón un nuevo viaje a los Alpes, mucho más ambicioso que aquella toma de contacto con el Cervino, y probablemente por ello, bastante más accidentado...


metros y metros de placas en la Este del Naranjo

Inolvidable cumbre...

Escalando en el Balaitous

Puesta de sol desde el Balaitous
El viaje de los Alpes de aquel verano de 2017 podría ser la definición gráfica de que, en montaña, una cosa es la idea que lleves y otra lo que te encuentres... Tras un magnífico día en la asequible arista de los Cósmicos, nos esperarían 5 días bajo la lluvia encerrado en la furgoneta, con el solo consuelo de los litros y litros de cerveza que trajimos desde España. Con el primer día de sol y con el mono que teníamos, no tuvimos mejor idea que intentar cruzar la "Mer de Glaçe" después de todos esos días de lluvia, que a 4.000 metros dejaron importantes nevadas, con todas las grietas tapadas y el riesgo que ello conlleva.... Y así fue que a mitad de camino Carra agrandó su leyenda cayendo en una grieta... El posterior rescate con su consiguiente trauma postraumático tuvo que curarse a base de acabar con las reservas de cerveza que nos quedaban. Ya un poco recuperados, aún tuvimos tiempo de intentar el Diente del Gigante, aunque debimos abandonar debido a los fuertes vientos. No obstante, como viene siendo costumbre, semejantes vivencias se quedan en la retina, e inexplicablemente lejos de alejarte de las montañas, te hacen volver a planificar nuevos viajes. Fue la última vez que estuve en Los Alpes pero no cabe duda que no será la última...

Arista de los Cósmicos

Grandes Jorasses y Diente del Diablo

Cruzando la Mer de Glaçe
Momentos tensos

El Otoño aún nos dejaría la oportunidad de resarcirnos con algo de roca: desde el montañismo más clásico cabalgando por la mítica Cresta del Diablo, vivaqueando bajo las estrellas, hasta la escalada riglera en el Firé, por la no menos mítica "Galletas". Pasando desde por modernas vías montañeras equipadas a lo deportivo (Subterránea al Aspe) hasta la escalada puramente clásica en Vegacervera de completa autoprotección. Fue un otoño de ponerse fuerte, de crecer como escaladores, siempre desde nuestra humilde pretensión...

Cabalgando en el pirineo: Cresta del Diablo

Galletas al Firé


La temporada de invierno de 2018 sería una de las más prolíficas hasta la fecha. A base de ilusión y compromiso íbamos subiendo grado: Canal Roya en diciembre, Barrosa en Enero y febrero...y  como colofón un magnífico fin de semana en Izas, escalando las vías más bonitas de hielo del pirineo. Pero también abandonando otras, prueba de que todavía nos quedaba (nos queda) mucho por aprender, mucho por practicar para ciertos planes de mayor envergadura. Y es que si bien hasta la fecha no habíamos hecho sino progresar, llega el momento en el que dar un paso más implica asumir un nivel de riesgo y compromiso que, reconozco, no tengo claro de querer asumir. No solo por el tiempo limitado para entrenar y seguir curtiéndome en actividades de cierto nivel, que de por si con críos pequeños es bastante limitante, sino por hecho innegable que, sobre todo en alpinismo y alta montaña, juegas con variables que muchas veces no puedes controlar. Por ello, desde aquel entonces mantenerme en cierto nivel, con menos tiempo dada mi reciente paternidad, supone de por si un reto suficiente para mi.

Hielo en Barrosa

"Notre Dame", valle de Izas
La temporada de hielo fue buena, pero la sucesión de borrascas no dejó tan buen sabor de boca alpino. Aún así, las condiciones primaverales junto con alguna jornada de buen rehielo nocturno nos permitió disfrutar de dos grandes actividades: "la estrecha" del Friero en Picos y el corredor norte de los Infiernos, en Pirineos, ya casi entrado el verano...

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